domingo, 30 de marzo de 2008

La OEA del Bogotazo- marzo-abril de 1948

Después del Bogotazo parecía como si la ciudad hubiese sido bonbardeada

Julio Castro
Marcha, Montevideo – 13/04/1973 – Nº 1639

El 30 de marzo de 1948, hace veinticinco años, el general Marshall, ex Jefe de Estado Mayor del comando supremo en la guerra mundial y Secretario de Estado de los Estados Unidos, llegó a Bogotá con numerosa comitiva, para asistir como representante de su gobierno, a la IX Conferencia Panamericana. Era el delegado más importante. El presidente, Truman, le había confiado la ejecución de un plan para la reconstrucción de Europa. Ahora le encomendaba la reorganización de la Unión Panamericana y la culminación de las negociaciones que aseguran a Estados Unidos la dirección y control del sistema estratégico para la defensa del hemisferio.

El 9 de abril asesinaron a Gaitán y estalló el bogotazo. La ciudad fue saqueada e incendiada durante cuatro jornadas. La conferencia se interrumpió y los delegados fueron confinados en reductos de seguridad. A los cuatro días el cansancio y el sueño, más que la fuerza pública, agotaron la asonada. Las clases altas dominaron la situación y mantuvieron el poder: unos consecuentes con su tradición; otros traicionando cobardemente a su pueblo. Sobre 3.000 muertos se restableció la paz. La accidentada conferencia se prolongó hasta el 2 de mayo. Dos días antes, el 30 de abril, los delegados suscribieron la “Carta de la Organización de los Estados Americanos”. Así nació la OEA. Entre la sangre y las ruinas del bogotazo.

De esto hace veinticinco años.


La gran farsa

Y es ahora, precisamente, cumplido un cuarto siglo, que la OEA se reúne, en otra conferencia, para decidir su destino. Es la agonía del panamericanismo. Sus deudos saben ya que espera la muerte. América Latina salió de su revolución emancipadora fraccionada geográficamente y dividida por disensiones internas. Bolívar vio los peligros de la balcanización y procuró corregirlos mediante la creación de una sociedad de las repúblicas latinoamericanas. Pero el Congreso de 1826, de Panamá, fracasó. Las potencias de aquende y allende el mar actuaron para que así ocurriera. Como consecuencia, América Latina se mantuvo a lo largo del siglo, entretenida en sus luchas internas, a merced de los intereses imperialistas. En 1889 los Estados Unidos bajo la inspiración de su “Doctrina de Monroe” y su “Destino Manifiesto” exhumaron el proyecto bolivariano, cambiándole su esencia y su signo. Así se creó la “Unión Internacional de las Repúblicas Americanas”, que en 1910 pasó a llamarse “Unión de las Repúblicas Americanas”, y, más corto, “Unión Panamericana”.

Desde el punto de vista histórico el panamericanismo es una estafa. Se usó el antecedente bolivariano, inspirado en la autodeterminación y la asociación igualitaria y libre de las repúblicas hermanas, como pretexto para fundar una organización bajo el signo del vasallaje.

En Panamá se intentó unir a los países latinoamericanos para crear una “antifictionía” continental; en Washington, el gobierno norteamericano propuso y logró, bajo la cobertura de una asociación libre y democrática, reunir a las repúblicas menores, bajo su tutela. La ficción, aunque burda, ha durado: de 1889 a 1948, como Unión Panamericana; de 1948 hasta ahora como OEA.


La estrategia panamericana

Los planes estratégicos tradicionales de defensa de los Estados Unidos se proyectaban hacia el sur hasta la protección del canal de Panamá. El resto de América Latina ofrecía sólo un interés ocasional. Pero estalló la guerra mundial y con ella se amplió la expansión militar. América Latina entró en el área de defensa norteamericana.

Hechos nuevos modifican viejas situaciones. La Unión Panamericana no servía a las necesidades bélicas. Frente a la guerra, los Estados Unidos convocaron, al mes de Pearl Harbour, la reunión de cancilleres de Río (enero de 1942) la que declaró su solidaridad con la nación atacada y decidió: “Que ello implica en consecuencia, que todos los países de este hemisferio se unan estrechamente para la defensa del continente, que es la defensa de todas y cada una de la Repúblicas Americanas”.

En 1945 se reunió la Conferencia sobre los Problemas de la Guerra y de la Paz en Chapultepec y al año siguiente el presidente Truman propuso al congreso de su país un proyecto de “Plan Marshall” para América Latina que, en síntesis, contenía estos puntos: 1º) Transferencia por Estados Unidos de armas y municiones a las 20 naciones latinoamericanas y Canadá; 2º)
Adiestramiento por los EE.UU. de los ejércitos, las armadas y la aviación de los otros países del continente americano; 3º) Mantenimiento, reparación y reconstrucción por EE.UU. de los equipos bélicos de los mismos países, tales como los aviones, los tanques, los cañones y las naves.
El proyecto no había sido consultado con los países a los que estaba destinada la “ayuda” y fue
desechado por el Congreso. Pero poco después (septiembre de 1947) el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca envolvió a todo el hemisferio en una única zona de defensa,“comenzando en el polo norte” [...] “desde allí directamente hasta el polo sur” [...] “desde allí directamente hacia el norte” [dando la vuelta] “hasta el polo norte”. (Los párrafos suprimidos determinan los
puntos de trazado intermedios, sobre el Pacífico y el Atlántico). Una ancha tajada del globo se convirtió en zona militar norteamericana.

El artículo 3º establece: “Las Altas Partes contratantes convienen en que un ataque armado por parte de cualquier estado contra un estado americano, será considerado como un ataque contra todos los estados americanos y en consecuencia cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva”.

Como se comprende la vieja organización de la Unión Panamericana no había sido prevista para objetivos tan amplios y concretos. Un pasito más adelante y nos encontramos en la IX Conferencia Interamericana de Bogotá.


Sobre el humo del incendio

Tres semanas después del estallido del bogotazo, se firmó la Carta. Nació así la OEA, “para convivir en paz y proveer mediante su mutua comprensión y su respeto por la soberanía de cada uno, al mejoramiento de todos en la independencia, en la igualdad y en el derecho.”[...]

Declaración vacua que comentaba MARCHA con estas palabras de Quijano: “En un plano abstracto el problema no tiene más soluciones que nivelar por abajo o nivelar por arriba. Nivelar por abajo, es, como se comprenderá, una majadería o una estupidez. El mundo no ganará nada con que Estados Unidos se coloque al paso de sus estados vasallos de América del Sur, supuesto que tamaña aspiración, que es soberano disparate, tenga posibilidad de realizarse. El mundo en cambio ganará mucho y en primer término los propios Estados Unidos si los estados vasallos del Sur adquieren conciencia cabal de su destino, se rehúsan a vivir cómoda, indolente y vergonzosamente como una clientela romana, de las migajas del fuerte y tratan de fortalecerse y capacitarse. Ahora bien, el supuesto inevitable de tamaña obra es la unión de las débiles. Una política suicida y , en ciertas ocasiones, de repugnante traición ha puesto el acento sobre las diferencias de los convocados a unirse por interés común y se ha solazado en explotar y agudizar, con desplantes histéricos las diferencias, en muchos casos, nimias. No creemos viable y posible en la actual coyuntura histórica la unión de Latinoamérica. Ni siquiera vemos viable y posible la constitución de uniones regionales rígidas. Pero como tantas veces lo hemos dicho, y no tenemos reparos en repetirlo, pese a las canallescas interpretaciones que a nuestras
palabras se ha pretendido dar, creemos posible y viable el nacimiento de formas de acercamiento regionales que preparen más sólidas estructuras de futuro.” (MARCHA, 2 de abril de 1948).

En este clima y en medio de las reservas opuestas desde todos los sectores antiimperialistas, se institucionalizó la ficción histórica de la hermandad panamericana. Los gobiernos de América Latina, - con la desaprensión propia de los grupos detentadores y usufructuarios del poder -, enterraron la tradición bolivariana y construyeron, sobre la falsa estructura del panamericanismo creada por Eliu Root, la nueva organización. Ayudas económicas, asistencia social, cooperación tecnológica; pero por sobre todo, tutoría política y control militar.


La preocupación por “el enemigo”

Durante la guerra mundial, toda la planeación estratégica tuvo como objetivo el peligro nazi. Pero la teoría del peligro nazi se agotó con éste y hubo que remplazarla. Surgió así, después de Yalta, el peligro soviético. Pero los comunistas no están sólo en la URSS, sino también dentro de cada país. A la teoría del enemigo exterior se la amplió: también es necesario combatir el enemigo interno. A la teoría anticomunista se agregó la lucha antisubversiva.

Los Estados Unidos aprovecharon la guerra de Corea y lograron la menguada celebración de un batallón colombiano. Pero el pretexto de la lucha anticomunista sirvió para ahondar la penetración militar. Ya en 1946 había diecisiete misiones militares en trece países latinoamericanos. En 1952 cuando se discutía aquí el Tratado Militar que pese a la movilización popular que lo repudió, fue aprobado, doce repúblicas de la región habían firmado pactos
bilaterales con los Estados Unidos de asistencia militar. A la vez se fundaban en territorio norteamericano diversas escuelas panamericanas para la defensa y la seguridad: el Centro de Táctica Guerrillera y Antiguerrillera de Fort Gulick, la Escuela Interamericana de Defensa, la Academia Internacional de Policía, y a más alto nivel la Comisión Interamericana de Defensa y la Conferencia de Comandantes en Jefe.

Los envíos de armas y las misiones militares se generalizaron. La provisión de equipos, primero por “préstamo y arriendo”, después por la asistencia prevista en los tratados, dio mayor injerencia al poder imperial sobre los ejércitos auxiliares. La instrucción a través de misiones, manuales, becas, intercambio, asesorías logísticas, de mantenimiento, etcétera, impuso una teoría estratégica común, así como unificó las líneas generales de la organización y las norma y planes de los distintos países.

El Uruguay tiene experiencia directa: centenares de jefes, oficiales y clases han concurrido a las escuelas de entrenamiento de los Estados Unidos; el equipo militar llega en cumplimiento del Tratado; ha participado en las operaciones conjuntas que organiza el Comando del Caribe, y en las “Unitas” los pequeños barcos uruguayos intervienen.

En la década de los sesenta la Revolución Cubana y los brotes guerrilleros surgidos en distintos puntos del continente, hicieron que las preocupaciones en torno a la defensa derivaran, del plan continental y del peligro exterior, a la seguridad interna y la lucha antisubversiva.

Y en eso estamos: los sistemas de defensa nacionales, con las asesorías, las ayudas y los apoyos del exterior, han cambiado el objetivo: la lucha es contra “la sedición”. La defensa nacional se ha trocado en servicio de seguridad interna. El imperio puede comerciar, mantener relaciones y contactos y aún entrevistas al más alto nivel con los comunistas de Rusia y China; pero en el área privada del continente, sólo la persecución y los palos. Y en el área privada del continente “los comunistas” somos todos los que repudiamos la dependencia y la subordinación que oprime a nuestros pueblos.

A nivel diplomático, la conferencia siguiente a la de Bogotá (X, Caracas, marzo de 1954) marcó con una brutal crudeza, la impúdica utilización que hace Estados Unidos de la OEA. Las acusaciones contra Guatemala y la condena genérica al “comunismo internacional”, no dejaron lugar a dudas. Máxime cuando cuatro meses después los mercenarios de Castillo Armas invadieron y ocuparon el país.

Episodios posteriores que todos recordamos: la expulsión de Cuba, la frustrada invasión a la isla, la protección y el reconocimiento a los militares en el Brasil, la invasión a Santo Domingo, han demostrado, en unos casos la inoperancia, y en otros, la complicidad criminal de la OEA.

Pero, aunque tarde y lenta, llega la hora de la explicación. Inevitablemente.


Esta conferencia

El primer problema que se discute es el de la “misión y destino de la OEA”. Es decir, una decisión sobre la propia existencia de la organización. En los planteos iniciales Perú estableció la creación de un “comité de sabios”, que estudiara y propusiera conclusiones sobre el escabroso asunto. Chile, más concreto, propuso una unión de los países latinoamericanos sin los Estados Unidos. Describió a la OEA, como “una ficción destinada a perpetuar de hecho la hegemonía del Norte superdesarrollado sobre el Sur subdesarrollado”. El tema, largamente discutido se concretó al final en una proposición presentada por Chile, Perú y Uruguay que pide la creación de “una comisión especial que trace la reestructuración de la Organización de Estados Americanos”. Perú y Chile especialmente, propiciaban la exclusión de los Estados Unidos; la participación del Uruguay, parecería, dejó en suspenso este aspecto de la cuestión.

Pero casi todos los representantes pusieron a la organización en la mira de sus críticas. Algunos como los de Panamá, Chile, Venezuela, Argentina, México, hicieron verdaderas exposiciones de agravios; otros como Uruguay diluyeron su participación en evasivas sin formulaciones concretas; algunos, muy pocos – Haití, Dominicana, Brasil – y, por supuesto, Estados Unidos, se
pronunciaron por mantener la organización aunque reconocieron que debe ser refaccionada. La conferencia aprobará la creación de la comisión, le dará un plazo y en el ínterin, unos y otros librarán la sorda lucha por sus posiciones. Tal vez en la “reorganización” la eliminación de los Estados Unidos no sea posible; pero sin duda habrá un fortalecimiento de los países latinoamericanos que se oponen a la política imperial.

Otro punto es el del reingreso de Cuba, expuesto en la agenda con un delicioso eufemismo: “Compatibilidad de la pluralidad ideológica”. En 1954, en Caracas, la OEA, en ocasión del caso de Guatemala decidió “que el comunismo es incompatible con el sistema interamericano”. Ahora esa afirmación resulta ridícula hasta para los mismos Estados Unidos que la impusieron. Posteriormente en 1962 la OEA expulsó a Cuba de su seno, y aceptó el aislamiento y el bloqueo impuestos a la isla por Estados Unidos. Pero ahora seis países – México, Chile, Perú, Jamaica, Barbados y Trinidad-Tobago – mantienen relaciones con el régimen de Fidel Castro. Son hechos que muestran, como dijo el canciller venezolano, que la OEA va a contramano de la historia. Pero además de los indicados, otros han declarado su oposición a la exclusión de Cuba: Venezuela, Panamá, Ecuador y Argentina. Colombia, Costa Rica, Ecuador y Uruguay presentaron un proyecto de declaración que rectifica la vieja posición anticomunista impuesta por Foster Dulles. El proyecto dice: 1º) Cada estado tiene derecho a adoptar, con plena independencia, un régimen de gobierno y una organización económica y social; 2º) la pluralidad de ideologías dentro de la Carta de la OEA es compatible con la solidaridad regional que se funda en el concepto de la cooperación libremente aceptada por los estados soberanos; 3º) el pluralismo ideológico implica el deber de cada estado de respetar los principios de no intervención y libre determinación de los pueblos.

En el juego de la diplomacia al estilo de la OEA la declaración de 1954 – “el comunismo es incompatible con el sistema interamericano” – tuvo como consecuencia inmediata la invasión a Guatemala; la del 62, en Punta del Este fue el aislamiento y el bloqueo para Cuba. Ahora esta tibia y formal declaración no abrirá el mar a los cubanos. Por boca de William Rogers el imperio ha hablado: “Los progresos espectaculares de nuestras relaciones con China y la Unión Soviética, provienen esencialmente de gestos mutuos; pero hasta ahora no hemos visto cambios en la actitud fundamental de Cuba”. El “pluralismo ideológico”, de acuerdo con lo que se anuncia será aceptado por todos; pero no romperá el cerco.

La conferencia se clausurará el sábado. Pero ya las decisiones más importantes han sido acordadas. Dos hechos, sin embargo, ayer dieron la medida de la debilidad del panamericanismo: el presidente de México y Perón en París dieron una declaración conjunta de apoyo a una política latinoamericana solidaria y autónoma en evidente rechazo de la situación actual; y el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos Shultz solicitó a la asamblea una reunión en privado para exponer las dificultades económicas en que se debate su gobierno.

A los veinticinco años de su fundación la OEA agoniza y la ficción del panamericanismo ha muerto definitivamente. Es un paso, sin duda hacia aquello que MARCHA reclamaba entonces: “Que los estados vasallos del Sur adquieran conciencia cabal de su destino y traten de fortalecerse y capacitarse”.

Por la afirmación de esa “conciencia cabal” luchan Cuba, Chile, Perú, Panamá y algunas de las islas del Caribe recientemente liberadas. Es su lucha – y especialmente la del Vietnam, remoto y sacrificado vencedor – la que ha permitido este renacer, a un siglo y medio, del viejo ideal bolivariano que entraña la mejor tradición latinoamericana.

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